FILICIDIOS EN ESPAÑA: EL DOBLE RELATO DE LOS TITULARES.

Filicidios en España: el doble relato de los titulares

 

La muerte de un niño no admite matices. Es el fracaso absoluto de un sistema, la tragedia máxima para una familia y el dolor más insoportable para cualquier sociedad madura. El asesinato infantil no distingue ideologías, partidos, religiones ni clases sociales. Y, sin embargo, en España, sí distingue relatos. No según la víctima, sino según el agresor.

Cuando un padre asesina a sus hijos, los titulares despiertan indignación inmediata: “violencia vicaria”, “machismo devastador”, “síntoma de lacra social”. El crimen se aborda como violencia estructural, como producto de un modelo patriarcal y de una hostilidad masculina convertida en arma contra la mujer. No hay marco psicológico amortiguador, no hay brote, no hay desbordamiento emocional. Hay agresión, punto.

Pero cuando la agresora es madre, el escenario cambia. Los titulares se desplazan hacia la compasión: “tragedia materna”, “crisis emocional”, “depresión profunda”, “locura repentina”. La violencia se sustituye por el desbordamiento afectivo, la patología suaviza el horror y el asesinato pasa a ser desgracia íntima. La víctima —el menor— queda difuminada tras la empatía hacia la agresora.

El crimen, sin embargo, es el mismo. La muerte es la misma. La inocencia arrebatada es la misma.

Lo insólito es que esta diferencia no es anecdótica: es cultural, mediática, narrativa e institucional.

En el caso de un agresor masculino, el titular comunica con claridad la culpabilidad:

  • “Siete niños asesinados por sus padres en los peores meses de violencia vicaria”.
  • “Un padre mata a tiros a su hijo tras un conflicto con su expareja”.
  • “Nueva víctima mortal de violencia machista infantil”.

Dentro de esa lógica, el crimen no se interpreta de manera aislada, sino como producto de una estructura social: el hombre como agresor, la mujer como víctima y los hijos como instrumento de terror. El asesinato deja de ser hecho singular para convertirse en categoría política, estadística y conceptual.

Cuando la agresora es madre, el titular suaviza:

  • “La madre que se perdió en la locura antes de matar a sus hijos”.
  • “Desbordada por una depresión grave, mata a sus pequeños en un brote psicótico”.
  • “El drama íntimo de una mujer incapaz de soportar la ruptura familiar”.

El crimen deja de ser violencia. El hecho deja de ser hecho. El asesinato deja de ser asesinato. Se convierte en narrativa emocional, una desgracia psicológica que desplaza a la víctima y ensancha la comprensión hacia la autora. Incluso cuando hay confesión, incluso cuando hay sentencia firme.

En un caso, la culpabilidad es social.

En el otro, la culpabilidad se anestesia con psicología.

Esta diferencia no es menor: condiciona la percepción pública de la violencia familiar, afecta a las estadísticas, a la memoria colectiva y a la legitimidad de la política de prevención.

El sistema institucional español no contabiliza los filicidios cometidos por madres dentro de la violencia vicaria ni como categoría específica de violencia familiar estructural. Los crímenes femeninos quedan fuera de las series estadísticas, de los balances de Igualdad y de los informes públicos sobre menores asesinados.

El resultado es una distorsión evidente: la sociedad queda convencida de que la violencia infantil es fundamentalmente masculina, cuando los datos judiciales señalan otra cosa.

En un periodo judicial con sentencias firmes, se documentaron prácticamente los mismos filicidios cometidos por madres que por padres. Y, sin embargo, solo los filicidios paternos pasan a convertirse en alarma pública, legislación, partidas presupuestarias y narrativa ideológica.

Los niños asesinados por sus madres quedan fuera del relato oficial.

Ni son memoria, ni son estadística, ni son categoría.

¿Y qué produce esto?

  1. Política pública ineficaz, porque no se estudia el fenómeno completo.
  2. Prevención imposible, porque no se reconocen patrones globales.
  3. Memoria selectiva, porque unas víctimas se cuentan y otras no.

Pero lo más devastador:

  1. El niño deja de ser el centro del análisis, y pasa a ser argumento editorial.

Si la violencia es más social cuando la comete un padre, y más íntima cuando la comete una madre, entonces dejamos de tener principios, y empezamos a tener narrativa.

Y una narrativa jamás ha salvado una vida.

La infancia solo puede ser protegida desde la realidad total del fenómeno, no desde un espejo trucado. Si el crimen cambia de categoría según el sexo del agresor, entonces el niño ha sido politizado. Se convierte en víctima útil o inútil, visible o invisible.

Ese día, se pierde el alma del sistema.

Denunciar este doble criterio no es atacar a la mujer ni defender al hombre. Es defender al menor. Es exigir rigor mediático, estadístico y político.

Es pedir que cada niño asesinado tenga el mismo valor moral, idéntica memoria pública y la misma urgencia preventiva, sin edulcorar el crimen cuando la agresora es madre ni convertirlo en categoría ideológica cuando el agresor es padre.

El editorialismo responsable no consiste en señalar culpabilidades colectivas, sino en proteger vidas individuales.

No hay violencia más extrema que arrebatarle la vida a un menor.

No importa qué mano empuñe el arma, la almohada, el veneno o el silencio.

El crimen debe tener el mismo nombre: filicidio. Y la sociedad debe tener el mismo grito: nunca más.

Un comentario de “FILICIDIOS EN ESPAÑA: EL DOBLE RELATO DE LOS TITULARES.

  1. Angela Rivas dice:

    Totalmente de acuerdo con lo escrito, es más como madre sería incapaz de hacer daño a ninguna de mis hijas. Totalmente antinatura.
    Pero claro seguramente esa pobre madre ha sido obligada porque detrás puede haber un mal tratador … FALSO.

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