Nochebuena sin hijos: cuando la justicia apaga las luces.

La Nochebuena no siempre huele a canela. A veces huele a ausencia. A casa cerrada demasiado pronto. A comida que se enfría porque nadie llega. Hay padres que esta noche no rompen el turrón: se rompen por dentro. Se sientan frente a una mesa correcta, educada, inútil. Una silla vacía no es un mueble: es una sentencia.

No están solos por azar. Están solos por sistema. Por una denuncia que nunca existió en la vida real, pero sí en el papel. Por un “por si acaso” que se convirtió en castigo. Por una decisión judicial tomada con miedo —miedo a equivocarse— y que, para no equivocarse, decidió cortar. Cortar el tiempo. Cortar la voz. Cortar la infancia compartida. Y cortar duele. Duele como una amputación limpia que sangra por dentro.

Esta noche hay hombres que no pueden dar las buenas noches a sus hijos. Hombres que ensayan mensajes que no enviarán. Hombres que se preguntan cómo explicar, cuando llegue el día, que no estuvieron porque alguien decidió que no debían estar. No porque hicieran daño, sino porque podían hacerlo. La sospecha convertida en ley. La presunción de culpa vestida de prudencia.

Y luego está el discurso. El discurso cómodo, solemne, impune. El que habla de igualdad mientras fabrica culpables en serie. El que protege con una mano y borra con la otra. El Ministerio de Igualdad debería ser refugio; para demasiados padres es una intemperie. No por defender a las mujeres —que debe hacerlo—, sino por señalar a los hombres separados como riesgo por definición. Ser hombre. Ser padre. Ser sospechoso. Tres palabras que nunca deberían ir juntas.

¿Quién piensa en los niños esta noche? ¿Quién explica que la ausencia del padre no fue elección, sino decreto? ¿Quién mide el daño silencioso de crecer con una mitad arrancada? Porque cada Nochebuena sin padre es una grieta en la memoria de un hijo. Y esas grietas no salen en las estadísticas. Salen años después, en silencios largos, en preguntas sin respuesta, en rabias que nadie supo nombrar.

No es igualdad cuando se castiga antes de juzgar. No es protección cuando se separa por defecto. No es justicia cuando el amor necesita permiso y la paternidad se convierte en privilegio revocable. La verdadera violencia no siempre deja moratones: a veces deja sillas vacías.

Esta noche, mientras las luces parpadean en las calles, hay padres que apagan la suya para no llorar delante de nadie. No piden compasión. Piden verdad. Piden equilibrio. Piden que alguien diga en voz alta lo evidente: que no todos los hombres son culpables, que no todos los padres son peligro, que los hijos no pueden ser moneda política.

Porque si no lo hacemos por ellos —por los padres—, hagámoslo por los niños. Ningún menor merece aprender que la Navidad puede ser un castigo. Ningún hijo merece crecer creyendo que querer a su padre fue un error administrativo. Y ningún país puede llamarse justo mientras celebre la igualdad dejando a tantos padres fuera de la mesa.

Porque cuando un Estado acepta que un niño pase la Navidad sin uno de sus padres sin una causa probada, el problema ya no es familiar. Es institucional.

A pesar de todo —que no es poco—, Feliz Navidad.

Juan Carlos López Medina
Presidente Nacional de APFS

 

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