La asimetría del divorcio: cuando la igualdad formal no basta.

Hombre afectado emocionalmente por un divorcio junto a una fotografía familiar y documentos de derecho de familia.

Aislamiento, relatos enfrentados, decisiones económicas tomadas durante la convivencia y un sistema judicial que debe resolver sobre las ruinas de una familia. La ley habla de igualdad. La pregunta incómoda es si esa igualdad llega siempre intacta a la vida real.

 

Miguel Roca Roig
APFS Valencia

 

 

Hombre afectado emocionalmente por un divorcio junto a una fotografía familiar y documentos de derecho de familia.
El divorcio también provoca soledad, incertidumbre y profundas consecuencias emocionales en muchos padres.

Hay una fotografía del divorcio que rara vez aparece en las estadísticas. No ocurre en la sala del juzgado ni figura en el convenio regulador. Es la del hombre que cierra la puerta de una vivienda que también fue suya y descubre, casi de repente, que no solo ha terminado su matrimonio.

También ha cambiado su relación cotidiana con sus hijos, su economía, su círculo de amistades, sus fines de semana, sus hábitos y hasta la forma en que los demás comienzan a mirarlo.

No sucede siempre. No todos los divorcios son iguales, ni todas las mujeres actúan de una manera ni todos los hombres de otra. Sería absurdo plantearlo así. Pero negar que existen patrones de desigualdad que merecen ser estudiados también desde la perspectiva masculina resulta igualmente injusto.

Durante décadas hicimos bien en mirar desigualdades que permanecían ocultas. Precisamente por eso ahora no deberíamos tener miedo a observar otras.

Cuando el hombre se queda solo

Una ruptura sentimental supone una pérdida para ambos miembros de la pareja. Sin embargo, existe un problema masculino del que todavía hablamos demasiado poco: el aislamiento posterior a la separación.

Muchos hombres han construido durante años buena parte de sus relaciones sociales alrededor de la pareja y de los hijos. Cuando el matrimonio termina, pueden desaparecer simultáneamente la convivencia diaria con los menores, parte de los amigos comunes, la relación con la familia política y hasta determinados espacios sociales.

Y aparece una etiqueta terrible: el padre de los fines de semana.

El que recoge. El que devuelve. El que paga. El que pregunta por teléfono cómo ha ido el examen de matemáticas.

Aunque la custodia compartida está transformando progresivamente esta realidad —en España alcanzó ya el 50,8 % de los divorcios con hijos en los que había que determinar la custodia durante 2025— todavía existe un 45,3 % de custodias atribuidas exclusivamente a la madre frente a un 3,4 % atribuidas exclusivamente al padre.

Pero hay otro dato bastante más grave.

Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2025, que analizó estudios de numerosos países, encontró que los hombres divorciados presentaban unas probabilidades de muerte por suicidio 2,82 veces superiores a las de los hombres casados. El riesgo aparecía especialmente elevado alrededor de la ruptura y la separación.

Esto no demuestra que el divorcio sea por sí mismo la causa. Intervienen soledad, problemas económicos, desempleo, pérdida de contacto familiar, vulnerabilidad psicológica y muchas otras variables.

Pero sí demuestra algo que deberíamos tener el valor de reconocer: la salud emocional del hombre separado también constituye un problema social.

Y durante demasiado tiempo la hemos tratado como una cuestión privada.

La batalla más poderosa no siempre ocurre en el juzgado

Existe además otro fenómeno especialmente delicado: el relato.

Antes de que un juez dicte sentencia ya puede haberse construido una historia.

Quién cuidaba a los niños. Quién estaba más presente. Quién era egoísta. Quién discutía. Quién se preocupaba. Quién llegaba tarde. Quién tenía carácter. Quién se sacrificó.

En algunas rupturas altamente conflictivas, uno de los progenitores consigue imponer su interpretación de la historia familiar mucho antes de que exista una resolución judicial.

Y eso tiene consecuencias.

No necesariamente hablamos de grandes mentiras. A veces resulta mucho más eficaz algo bastante más sutil: seleccionar unos acontecimientos, omitir otros, transformar percepciones subjetivas en afirmaciones objetivas y repetirlas hasta que terminan adquiriendo apariencia de certeza.

También los hombres pueden hacerlo, naturalmente. La manipulación no tiene sexo.

Pero existe una circunstancia que merece reflexión cuando afecta al padre: muchos optan por callar pensando que así protegen a sus hijos.

No responden a determinadas acusaciones. No cuentan determinados episodios. No explican a sus hijos lo ocurrido porque consideran que un niño no debería convertirse en juez de sus padres.

Ese silencio puede ser admirable.

También puede resultar devastador.

Porque en un conflicto donde una parte construye un relato y la otra guarda silencio, el vacío termina siendo ocupado por el único relato existente.

Callar para proteger a un hijo no debería equivaler a admitir los hechos que otro cuenta.

Y defenderse tampoco debería confundirse con atacar.

La economía familiar tampoco comienza el día del divorcio

Uno de los grandes debates contemporáneos se encuentra en las consecuencias económicas de la ruptura.

Conviene empezar por una precisión.

Existe una diferencia estadística entre las remuneraciones medias de hombres y mujeres. El INE señaló que en 2023 el salario medio femenino equivalía al 84,3 % del masculino. Pero el propio Instituto advierte de que esa diferencia debe interpretarse teniendo en cuenta variables como el tipo de jornada, contrato, ocupación o antigüedad. Por tanto, convertir toda diferencia salarial agregada en una demostración automática de discriminación retributiva directa resulta demasiado simplificador.

Una parte esencial del problema se encuentra en las decisiones tomadas durante la convivencia.

  • Quién reduce su jornada.
  • Quién abandona temporalmente el empleo.
  • Quién rechaza un ascenso.
  • Quién lleva a los niños al colegio.
  • Quién permanece en casa cuando enferman.

Históricamente han sido las mujeres quienes han asumido una parte mayor de esas renuncias profesionales. Negarlo sería tan injusto como ignorar sus consecuencias.

Pero aquí aparece una pregunta que deberíamos empezar a formular:

¿Fueron siempre decisiones verdaderamente compartidas?

Porque tampoco debería darse automáticamente por supuesto que cualquier reducción profesional de uno de los progenitores fue consecuencia de una imposición del otro.

En ocasiones hubo acuerdo. En otras, comodidad familiar. En otras, una decisión personal. Y probablemente existieron también situaciones en las que el padre habría estado dispuesto a asumir más tiempo de cuidado si esa posibilidad hubiera formado parte de una negociación real dentro de la pareja.

El divorcio debería analizar cada historia familiar individualmente. No trabajar sobre personajes predeterminados.

La pensión compensatoria no debe ser una condena perpetua

El Código Civil español establece algo bastante más matizado de lo que a veces aparece en el debate público.

Su artículo 97 reconoce una compensación cuando el divorcio produce en uno de los cónyuges un desequilibrio económico respecto al otro que implique un empeoramiento respecto de su situación durante el matrimonio. Para decidirla deben valorarse, entre otras circunstancias, la edad, las posibilidades de empleo, la dedicación familiar, la duración del matrimonio y los recursos de ambos.

Además, puede ser temporal, indefinida o incluso consistir en una prestación única.

No existe, por tanto, un derecho automático de la mujer a ser mantenida por su exmarido.

Pero las cifras sí ofrecen un dato significativo.

En 2025 únicamente se estableció pensión compensatoria en el 6,4 % de los divorcios entre cónyuges de distinto sexo. Sin embargo, cuando se concedió, en el 91,4 % de esos casos debía pagarla el esposo.

Ese dato merece debate.

Porque una sociedad que reclama correctamente corresponsabilidad en la crianza debería reclamar también corresponsabilidad en la reconstrucción económica posterior al divorcio, siempre atendiendo a la edad, capacidad laboral y circunstancias personales.

Compensar un verdadero sacrificio familiar es justicia.

Convertir cualquier desigualdad económica posterior a la ruptura en una obligación permanente del otro cónyuge sería otra cosa.

Los tribunales no inventan las leyes

Resulta tentador convertir a los juzgados en culpables universales de todos los problemas familiares.

No sería justo.

Los jueces trabajan con leyes, jurisprudencia, pruebas, informes psicosociales y circunstancias concretas. Y muchas veces deben decidir entre dos versiones absolutamente incompatibles de una misma familia.

También conviene introducir otro matiz.

Las mujeres representan actualmente el 58,9 % de la Carrera Judicial española. Es un hecho. Pero deducir de esa mayoría que las resoluciones son necesariamente favorables a las mujeres sería una conclusión sin fundamento suficiente.

El problema que merece analizarse es otro y bastante más profundo: qué inercias culturales pueden seguir presentes en todo el sistema de familia, independientemente de que quien vista la toga sea hombre o mujer.

Durante generaciones se consideró a la madre cuidadora principal y al padre proveedor económico.

Ese modelo ha penetrado necesariamente en nuestra cultura.

Y las leyes pueden cambiar más deprisa que las mentalidades.

Afortunadamente, algo está cambiando. El Tribunal Supremo lleva años recordando que la custodia compartida no debe considerarse excepcional, sino normal e incluso deseable cuando resulte compatible con el interés del menor.

Los datos comienzan a reflejarlo.

En 2016 la custodia compartida representaba el 28,4 %. En 2025 alcanzó el 50,8 %.

Eso significa que en menos de una década España ha experimentado una transformación extraordinaria del modelo de crianza después del divorcio.

Pero todavía queda camino.

Los hijos necesitan padres, no vencedores

Quizá llevamos demasiado tiempo hablando del divorcio como una pugna entre hombres y mujeres. Y ahí empieza buena parte del problema.

La verdadera pregunta debería ser qué modelo permite que los hijos continúen teniendo padre y madre después de que haya dejado de existir marido y mujer.

La separación debería romper una relación sentimental. No una relación paterno-filial. El padre no debería convertirse en visitante.

La madre no debería quedar condenada por defecto a ejercer sola toda la crianza.

Ninguno debería utilizar a los hijos como instrumento negociador. Ninguno debería construir su nueva vida destruyendo la imagen del otro.

Y ninguno debería tener garantizada una posición económica simplemente por su sexo.

La igualdad verdadera exige algo más difícil que proclamar derechos. Exige repartir responsabilidades.

Responsabilidad para cuidar. Para trabajar. Para mantener económicamente a los hijos. Para permitir que amen al otro progenitor. Para reconstruir la propia vida. Y también para aceptar que el divorcio significa que dos adultos dejan de caminar juntos, pero ninguno debería desaparecer de la vida de sus hijos.

Hay hombres que después de una separación pierden mucho más que un matrimonio.

Pierden la casa. Pierden cotidianeidad. Pierden amigos. Pierden horas con sus hijos. Pierden capacidad económica. Algunos terminan perdiéndose incluso a sí mismos. Hablar de ellos no significa atacar a las mujeres.

Defender a los padres no significa negar las injusticias padecidas por las madres.

La igualdad no debería funcionar como un péndulo que necesita perjudicar a uno para reparar lo sufrido por el otro.

Debería parecerse más a una balanza. Y una balanza solo sirve cuando somos capaces de colocar peso en los dos lados.

 

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