El coste del Estrecho para los hijos de padres separados en Ceuta.
Quién paga los desplazamientos, Vacaciones y fines de semana, Cuando ochenta minutos de mar cambian una convivencia, etc.
Hay lugares en los que una separación se mide en kilómetros. En Ceuta, muchas veces, se mide en mar.
Basta con que después de un divorcio uno de los progenitores permanezca en la ciudad y el otro traslade su residencia a la Península para que algo tan cotidiano como pasar un fin de semana con un hijo deje de ser sencillo. Ya no basta con preparar una mochila y recorrer unas calles. Hay que mirar horarios, comprar billetes, llegar al puerto, embarcar, cruzar el Estrecho y, al otro lado, continuar muchas veces por carretera.
Ochenta minutos de mar pueden parecer poca cosa sobre un mapa. Para un niño cuyos padres están separados pueden significar dos casas, dos ciudades, dos rutinas y una organización familiar pendiente continuamente de un barco.
Y ésa es una realidad de la que hablamos muy poco.
- Cuando el régimen de visitas necesita un barco
En cualquier separación con hijos hay una pregunta esencial: cómo preservar la relación de los menores con ambos progenitores. La respuesta resulta relativamente sencilla cuando padre y madre viven cerca. Se complica extraordinariamente cuando entre ambos domicilios aparece el Estrecho.
Un fin de semana alterno puede significar cuatro desplazamientos familiares: llevar, recoger, regresar y volver a comenzar. A ello se suman vacaciones escolares, Navidad, Semana Santa, cumpleaños o acontecimientos familiares.
- Y aparecen entonces preguntas que no son menores.
¿Quién paga los billetes? ¿Quién acompaña al niño? ¿Quién asume el desplazamiento hasta Algeciras? ¿Qué sucede si es necesario embarcar un vehículo? ¿Y si uno de los progenitores tiene una situación económica mucho mejor que el otro? ¿Puede mantenerse durante años un régimen de visitas cuyo coste termina siendo difícilmente asumible?
La jurisprudencia ha intentado responder a estas situaciones. El Tribunal Supremo estableció que, cuando los progenitores residen en localidades diferentes, debe buscarse un reparto equitativo de las cargas derivadas de los desplazamientos, teniendo siempre como referencia el interés del menor. En situaciones de larga distancia deben estudiarse específicamente las circunstancias económicas, familiares y laborales de cada caso.
No debería existir una fórmula automática porque tampoco existen dos familias iguales.
Ceuta cuenta además con la importante bonificación estatal para residentes, que alcanza el 75 % de la tarifa bonificable del transporte marítimo con la Península. Es una ayuda fundamental para combatir la insularidad de hecho que supone el Estrecho, pero no elimina todos los gastos ni todas las dificultades.
Porque viajar cuesta dinero, pero también cuesta tiempo.
Y a veces olvidamos que el tiempo es precisamente la materia de la que está hecha la infancia.
- El niño no puede pagar la distancia de los adultos
Cuando hablamos de pensiones de alimentos, custodias o regímenes de visitas solemos utilizar conceptos jurídicos. Pero detrás de esas expresiones hay escenas mucho más sencillas.
Un niño esperando a su padre. Una madre calculando a qué hora debe salir para llegar al puerto. Una maleta preparada el viernes y deshecha el domingo.
Un barco que se retrasa. Un fin de semana que termina convertido casi en un viaje.
La distancia entre dos progenitores nunca debería convertirse en una distancia emocional entre uno de ellos y sus hijos. Ése debe ser el principio.
Cuando una familia se rompe, ninguno de los adultos debería utilizar la geografía como instrumento de presión. Tampoco debería permitirse que la falta de recursos económicos convierta el derecho de un niño a relacionarse con su padre o con su madre en un privilegio reservado a quien puede pagar desplazamientos continuos.
Porque hay padres separados que pueden asumir cien euros sin dificultad y otros para quienes esa misma cantidad supone elegir entre viajar para ver a sus hijos o pagar los gastos ordinarios del mes.
La igualdad ante una resolución judicial puede acabar siendo profundamente desigual cuando llega a la cuenta bancaria.
- Ceuta vive hoy otra frontera
Todo esto ocurre, además, en una Ceuta marcada durante estas últimas semanas por una realidad excepcional.
La ciudad ha vivido desde finales de julio de 2026 una de las mayores crisis migratorias de su historia reciente. Las estimaciones difundidas tras aquellos días hablan de decenas de miles de personas cruzando desde Marruecos en apenas 48 horas. La Delegación del Gobierno elevó posteriormente a 72 el número de migrantes fallecidos durante aquella entrada masiva.
Las cifras sobre menores resultan igualmente estremecedoras. El 18 de agosto, Interior informaba de que la Policía Nacional había identificado y puesto a disposición de la Ciudad a 2.168 menores desde el 30 de julio.
Y hay otro dato que ayuda a comprender la magnitud de lo ocurrido: entre el 1 de enero y el 15 de agosto se habían contabilizado 5.013 entradas irregulares terrestres en Ceuta, un 191,1 % más que en el mismo periodo de 2025, sin incluir en esa estadística ordinaria la entrada extraordinaria de los días 30 y 31 de julio.
No debemos confundir realidades que son completamente diferentes. Una crisis migratoria y una separación matrimonial no pueden compararse.
Pero ambas nos obligan a mirar hacia el mismo lugar: los menores.
Porque detrás de las grandes cifras de la inmigración también existen niños. Niños que han cruzado una frontera, algunos sin sus padres, otros separados de su familia durante un recorrido que difícilmente podemos imaginar. Y detrás de los expedientes de divorcio también existen niños que, en circunstancias radicalmente distintas, necesitan que los adultos sean capaces de preservar sus vínculos familiares.
Ceuta conoce mejor que casi ningún otro territorio español lo que significa una frontera.
Quizá precisamente por eso debería ser especialmente sensible a aquellas fronteras invisibles que pueden levantarse dentro de una familia.
- El Estrecho no debería convertirse en otro progenitor
Hay una expresión que utilizamos con demasiada facilidad: “régimen de visitas”. Nunca me ha gustado demasiado.
Un padre no visita a un hijo como se visita un museo, a un enfermo o a alguien que vive lejos. Un padre ejerce la paternidad. Una madre ejerce la maternidad. Y los hijos necesitan relaciones estables, continuadas y afectivamente seguras con ambos siempre que las circunstancias permitan esa convivencia.
Por eso, cuando uno de los progenitores vive en Ceuta y el otro en la Península, la solución no debería limitarse a escribir en una sentencia quién recoge al niño.
Hay que preguntarse también cuánto cuesta, quién puede hacerlo, qué edad tiene el menor, cuántas horas pasará viajando, qué ocurre con sus estudios, con sus actividades, con sus amigos y con su descanso.
Tal vez en determinadas familias resulte preferible reducir desplazamientos y ampliar los periodos de convivencia. En otras será posible mantener una frecuencia mayor. Habrá situaciones en las que los costes deban dividirse y otras en las que la diferencia económica entre los progenitores aconseje una distribución distinta.
Eso es precisamente proteger el interés superior del menor: dejar de aplicar soluciones idénticas a vidas diferentes.
- Dos orillas, una misma infancia
Ceuta vive mirando permanentemente hacia dos orillas. Lo hace cuando contempla Marruecos desde sus playas. Lo hace cuando un barco parte hacia Algeciras. Lo hace ahora, mientras intenta recuperar la normalidad después de semanas extraordinariamente difíciles y mientras instituciones, fuerzas de seguridad y servicios de protección afrontan una presión migratoria que ha vuelto a colocar a la ciudad en el centro del debate nacional.
Pero en medio de los grandes debates sobre fronteras, inmigración, competencias, retornos y acogida conviene no perder de vista las pequeñas historias.
También existe el padre que espera al otro lado del Estrecho. La madre que organiza unas vacaciones. El abuelo que lleva meses sin ver a su nieto. El niño que pregunta cuántos días faltan para volver.
La política familiar debería comprender definitivamente que el vínculo entre padres e hijos también necesita carreteras, barcos y recursos para mantenerse.
Porque cuando una pareja se separa pueden existir dos domicilios. Pueden existir dos ciudades. Incluso pueden existir dos orillas.
Lo que nunca deberían existir son dos infancias diferentes según el dinero que tengan los padres para cruzar el mar. El Estrecho separa geográficamente Ceuta de la Península.
No permitamos que termine separando también a un niño de quienes forman parte de su vida.
Juan Carlos López Medina
Presidente Nacional APFS

